martes, 22 de enero de 2013


Corro.
No sé por qué ni a dónde voy, pero corro.
Tuerzo una esquina.
Ahora una calle.


Otra.
Otra.
Otra…


Un perro ladra pero no sé de dónde.
Escucho el rugido de una moto.
Murmullos de gente…

Unos pasos tras otros que no cesan.
No miro al suelo, sino hacia delante.
Ni atrás ni a los lados.

Delante.

Veo mil rostros que pasan fugaces.
Me llama la atención el número 23 de una puerta.
Y el ojo derecho se entretiene mirando el reloj
Por costumbre y no por prisa.


Sigo corriendo.


No me fijo en el nombre de las calles.
Ni en los colores de las paredes que me rodean.
Solo distingo el asfalto de la carretera.

Nada más.


Mi camino hacia “delante” llega a su fin.
Un escaparate se alza  delante de mí.
No quiero coger otro camino.


Sigo hasta el máximo.


Un máximo en el que mis labios rozan el cristal.
El cristal de la tienda es bonito.
Tipo espejo.
De los que atrapan a los idiotas que se arreglan el pelo.


Me miro.


No conozco a quien tengo delante.
Y  el vaho que se escapa de mi boca
Se pierde sobre el vidrio.
Sobre el espejo.


Un espejo, que me muestra una imagen.
No la conozco.
Ahora,

 ya no.


MJ.J.CH

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